For the first time since the Societat d’Onomàstica was founded in 1980, its annual colloquium was held in Andorra, at La Valireta in Encamp, in May 8 - 10, 2026. The event brought together around forty specialists from across the Catalan-speaking territories and featured about twenty papers and communications on Pyrenean toponymy and anthroponymy, hydronymy, mountain relief, and related topics at the crossroads of linguistics, history, geography, and fieldwork.
This choice of venue was more than symbolic. As Andorra’s minister of Culture, Youth and Sports, Mònica Bonell, noted at the opening, Andorra is “a country of mountains, valleys, rivers and ancient paths,” and place names are one of the ways in which collective memory is preserved. She also stressed that toponymy does not merely describe landscape; it also encodes the histories, languages, and cultures that have shaped the Pyrenees over centuries. That framing is entirely convincing. In a mountainous territory such as Andorra, names are not secondary labels attached to space after the fact. They are part of the historical texture of the land itself.
The programme appears to have been particularly well balanced. It included work on the evolution of Andorran place names, modern and contemporary Andorran surnames, Pyrenean relief terminology, hydronymy, and even onomastics in Catalan Sign Language, before closing with a toponymic field excursion to the Coll de la Botella guided by the geologist Xavier Planas Batlle. That last element is especially noteworthy: onomastics is at its best when scholarship returns to the terrain itself, where names can be studied not only as textual data but also as lived, spatial knowledge.
Jordi Pasques’s accompanying opinion piece, “Ús i desús de la toponímia,” sharpened the broader significance of the event. He presented the colloquium not simply as an academic meeting but as a timely reminder that names of places and persons deserve active care. His text argues that the study of names has long depended on the dedication of scholars, teachers, historians, hikers, and local knowledge-bearers, and he explicitly hopes that the Encamp colloquium will dignify the everyday use of toponyms, awaken curiosity, and open the door to new researchers. Especially compelling is his warning that technological distractions, superficiality, and careless usage in parts of the media contribute to the erosion of place names; once they fall out of use, they risk being swept away together with the relationships that tie people to their surroundings.
In that sense, the Andorran colloquium deserves to be seen as more than a successful conference. It was also a public statement that onomastics matters. The event linked rigorous scholarship with cultural responsibility: names are not antiquarian curiosities, but living repositories of memory, orientation, identity, and attachment. Bringing the Societat d’Onomàstica to Andorra for the first time was therefore not only a deserved recognition of the country’s linguistic and topographic richness, but also an invitation to take names more seriously in everyday life.
Español
Andorra acoge el 51.º Col·loqui de la Societat d’Onomàstica: una valiosa reivindicación de los nombres como memoria cultural
Por primera vez desde la creación de la Societat d’Onomàstica en 1980, su coloquio se celebró en Andorra, concretamente en La Valireta de Encamp. El encuentro reunió a una cuarentena de especialistas procedentes de diversos territorios de habla catalana e incluyó una veintena de ponencias y comunicaciones sobre toponimia y antroponimia pirenaicas, hidronimia, relieve positivo y otros temas situados en la intersección entre lingüística, historia, geografía y trabajo de campo.
La elección de Andorra como sede tuvo un valor simbólico evidente. En la inauguración, la ministra de Cultura, Juventud y Deportes, Mònica Bonell, subrayó que Andorra es “un país de montaña, de valles, de ríos y de caminos antiguos”, donde los nombres de lugar son también una forma de preservar la memoria colectiva. Añadió, además, que los topónimos no solo explican el paisaje, sino también la historia, las lenguas y las culturas que han configurado el Pirineo a lo largo de los siglos. Esa idea resulta plenamente convincente. En un territorio como Andorra, los nombres no son adornos ni simples etiquetas administrativas: forman parte de la propia sustancia histórica del espacio.
El programa parece haber estado especialmente bien concebido. Incluyó contribuciones sobre la evolución de los nombres de lugar en Andorra, los apellidos andorranos modernos y contemporáneos, la toponimia del relieve pirenaico, la hidronimia e incluso la onomástica en la lengua de signos catalana. El coloquio concluyó con una excursión toponímica al Coll de la Botella guiada por el geólogo andorrano Xavier Planas Batlle. Este cierre merece una mención especial, porque recuerda que la onomástica alcanza una de sus dimensiones más fértiles cuando vuelve al terreno y estudia los nombres no solo como datos escritos, sino también como conocimiento espacial vivido.
La tribuna de Jordi Pasques, “Ús i desús de la toponímia”, reforzó muy bien la dimensión cultural del evento. Su texto presenta el coloquio no solo como una cita académica, sino como una oportunidad para dignificar el uso cotidiano de los topónimos, despertar la curiosidad y abrir camino a nuevos estudiosos. Pasques recuerda además que la onomástica se ha sostenido gracias a la labor de filólogos, historiadores, profesores, excursionistas y otras personas movidas por la curiosidad y el compromiso con el territorio. Especialmente acertada es su advertencia de que las distracciones tecnológicas, la superficialidad y el descuido en algunos medios de comunicación contribuyen al desuso de los topónimos; cuando dejan de emplearse, se debilita también la relación afectiva y cultural entre las personas y su entorno.
Por todo ello, el coloquio celebrado en Encamp merece una valoración muy positiva. No fue únicamente una reunión científica exitosa, sino también una afirmación pública de que la onomástica importa. El encuentro mostró que los nombres son depósitos vivos de memoria, identidad, orientación y pertenencia. Que Andorra haya acogido por primera vez este coloquio no solo reconoce la riqueza lingüística y toponímica del país, sino que también invita a mirar con más atención los nombres que usamos cada día.


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